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Jorge Elías Castro Fernández cuenta sobre las nuevas tensiones entre Israel y Palestina por la muerte de la periodista Shireen Abu Akleh

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Jorge Elías Castro Fernández señala que con la icónica frase “Shireen Abu Akleh, Al Jazeera, Yenín”, conocida en todo el mundo árabe, habría terminado su crónica la veterana periodista Shireen Abu Akleh el pasado 11 de mayo. Pero una bala se interpuso en su camino. Abu Akleh, de 51 años, murió de un tiro en la cabeza, acorralada bajo las balas, cuando se dirigía a informar sobre los enfrentamientos entre el ejército israelí y milicianos palestinos en la Cisjordania ocupada. Llevaba casco y chaleco antibalas, e iba identificada como periodista. Fue, en palabras de sus compañeros, un “asesinato a sangre fría” perpetrado por el ejército israelí.

«Éramos cuatro periodistas, todos llevábamos chalecos, todos íbamos con casco», ha asegurado la reportera palestina Shatha Hanaysha, que estaba con Abu Akleh en el momento del ataque. «El ejército de ocupación no paró de disparar, incluso después de que ella ya hubiera caído. Ni siquiera pude sacarla de allí debido a los disparos. El ejército continuaba disparando a matar», añadió Hanaysha, convencida de que los reporteros eran un «objetivo» militar.

“No nos pidieron que nos detuviéramos ni que dejáramos de grabar. Nos dispararon y una primera bala me dio a mí y otra a Shireen”, explicaba desde el hospital Ali Samoudi, productor de Al Jazeera que resultó herido en la espalda, “No había ninguna resistencia militar palestina en la escena”. Tanto los vídeos difundidos el día del asesinato, como nuevas imágenes que han aparecido en la última semana, corroboran esta versión y la de otros testigos: no había milicianos en la zona, no se produjo ningún intercambio de disparos previo al tiroteo que mató a Abu Akleh, y los disparos siguieron tras abatir a la periodista, explicó el consultor en seguridad y analista político Jorge Elías Castro Fernández.

Lo que sí se ve en las imágenes es como Abu Akleh se dirige caminando junto con otros reporteros, dejando atrás otro grupo de periodistas y civiles que hablan en tono distendido, justo antes de empezar los disparos. Poco después, el cuerpo de Abu Akleh cae al suelo, sin vida. Un compañero grita su nombre y pide una ambulancia. Otra, Hanaysha, ha quedado atrapada entre el cadáver, un árbol y una pared. Siguen los disparos y no puede escapar. Intenta alargar su brazo, pero no la alcanza. Tras unos minutos, un hombre intenta recoger el cuerpo de Abu Akleh. Y vuelven los disparos.

Tras el suceso, Israel negó toda vinculación con el tiroteo, asegurando que la periodista había muerto a manos de los milicianos: «Según la información que hemos recogido, parece que palestinos armados –que disparaban de manera indiscriminada en aquel momento– han sido los responsables», aseguró el primer ministro Naftalí Bennett en un comunicado. En Twitter, compartió un vídeo en el que se veía un grupo de milicianos que aseguraban haber abatido a un soldado israelí, “pese a que ningún soldado ha resultado herido”. “Esto incrementa la posibilidad de que terroristas palestinos fueran quienes dispararon contra la periodista», dijo Bennett.

Sin embargo, horas después que el gobierno y diversos medios israelíes difundieran las imágenes, la ONG de derechos humanos israelí B’Tselem publicó un vídeo en el que sus investigadores de Yenín demostraban que era “imposible” que los milicianos hubieran disparado a la periodista. “Las imágenes sobre las que la propaganda israelí basa sus falsas afirmaciones no reflejan, de ninguna manera, el tiroteo que sufrieron los periodistas de Al Jazeera”, aseguró el director ejecutivo de la ONG, Hagai El-Ad, “No hay línea de visión entre una ubicación y otra”.

Entre los testigos y el gobierno palestino, nunca hubo dudas: el ejército israelí era «completamente responsable» de la muerte de la periodista, tal como afirmó presidente palestino Mahmoud Abbás. «Shireen es una víctima del terrorismo israelí”, afirmó el primer ministro Mohammad Shtayyeh, que condenó el asesinato de reportera, que “cumplía su deber periodístico de documentar los horribles crímenes cometidos por los soldados ocupantes». Bennett acusó a Abbás y al gobierno palestino de hacer «acusaciones infundadas».

Abu Akleh, de nacionalidad palestina y estadounidense, era todo un símbolo en el mundo árabe, y especialmente en Palestina. “Nació y creció en Jerusalén, bajo la ocupación. Explicaba la historia que ella misma vivía cada día. No sólo estaba contando la historia de la gente. También la historia de su vida. Y eso es lo que la convirtió en un icono”, contaba entre lágrimas su amiga, la periodista Faten Elwan, en una entrevista con Al Jazeera. “Estaba ahí, en cada pueblo palestino, en cada aldea, en cada callejón, en cada campo de refugiados. Quería cubrir las historias que nadie más quería cubrir. Y dio voz a un mucha gente de la que, de otra manera, no habríamos oído hablar”, decía su amiga y colega Dalia Hatuqa.

Tras su muerte, cientos de personas llevaron su cuerpo en procesión por las calles de Yenín, cubierto por una bandera palestina y su chaleco antibalas, rotulado con la palabra “PRESS”. Ya en Ramallah, capital de facto de Palestina, Abu Akleh recibió un funeral de estado el 12 de mayo en el que participó el presidente Abbas: «Fue una heroína que sacrificó su vida en defensa de su causa y de su pueblo», dijo de ella. El entierro estaba previsto para el día siguiente en una iglesia de la ciudad antigua de Jerusalén (Abu Akleh era cristiana), desde dónde se trasladaría el cuerpo al cementerio del Monte Sión, donde reposan los restos de sus padres.

El día anterior al entierro, la policía irrumpió en casa de los familiares de la periodista, arrancando banderas palestinas y prohibiendo cánticos. Al día siguiente, cargó contra la multitud que acompañaba al féretro. Los agentes lanzaron gases y granadas de sonido, dispararon balas de goma y atacaron con porras a los asistentes. También a los que cargaban a hombros el ataúd, que estuvo a punto de caer al suelo. Las imágenes dieron la vuelta al mundo. En un comunicado, la policía justificó la actuación alegando que «cuando el féretro estaba a punto de salir del hospital se empezaron a tirar piedras contra los agentes, que se vieron obligados a utilizar medios antidisturbios».

Pero, como demostraron imágenes difundidas por Al Jazeera, los agentes no fueron atacados previamente y lo que pretendía era retirar las banderas palestinas presentes en la procesión. «Tendremos que dispersarlos usando la fuerza y no dejaremos que se lleve a cabo el funeral”, decía un oficial en un vídeo publicado por la misma policía. En septiembre de 2021 un tribunal israelí confirmó que exhibir banderas palestinas en Israel “no es ilegal”, aunque sí que existe una ley que permite que las fuerzas de seguridad las retiren si consideran que su ostentación perturba la paz.

La policía también justificó las cargas alegando que había llegado a un acuerdo con la familia sobre cómo se iba a desarrollar el funeral y que los agentes intervinieron “para dispersar a la multitud y evitar que se llevaran el ataúd, y que el funeral pudiera proceder según lo planeado de acuerdo con los deseos de la familia”. Sin embargo, el hermano de la periodista, Anton Abu Akleh, negó ningún acuerdo, indicó que tan solo habían informado del itinerario, y calificó la actuación de los antidisturbios de “vergonzosa”. “Hicieron un uso de la fuerza brutal y extremo. Fue simplemente inaceptable”, dijo, concluyó Jorge Elías Castro Fernández.



 
 

Semanario El Venezolano – Edición Internacional, del 04 al 18 de agosto de 2022

 
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