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Rubén Blades sobre el conflicto entre Israel y los árabe-palestinos: Nada justifica el terror para defender un argumento

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Comienzo por condenar el ataque a la población israelí por parte del grupo armado ¨Hamas¨.

Nada puede justificar la utilización del terror para defender la legitimidad de un argumento.

El súbito acto de agresión fue dirigido primordialmente contra civiles y no contra entidades militares. Incluye el asesinato de gente inocente, adultos y niños, e incluso el secuestro de ciudadanos desarmados, de todas las nacionalidades, que se encontraban al momento de la acometida en el área, unos disfrutando de un festival musical, otros ocupados en las tareas del diario vivir.

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La reacción de Israel, aunque pueda ser emocionalmente comprendida, no puede tampoco escapar a la condena y a la crítica.
Su respuesta militar ha producido un número de bajas entre la población palestina, que también incluye a gente inocente, adultos y niños y la destrucción de centros de salud. La decisión del gobierno Israelí de cortar el suministro de agua, electricidad, gasolina y comida hacia Gaza va a afectar a gente que no tiene nada que ver con Hamas y seguramente radicalizará a una gran parte del sector de la población que hasta el momento no había simpatizado con argumentos extremistas.

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Los perdedores son la población civil, israelí y gazatí. Los ganadores son los defensores del extremismo, tanto en Israel como en los territorios ocupados y en los países islámicos.

Para poder comprender mejor esta dolorosa situación es necesario poner el asunto en contexto.

La caída del Imperio Otomano (Turco) y la victoria militar de Inglaterra y aliados produjeron en 1920 el Tratado de Sevres, un replanteamiento territorial del antes territorio Turco, entre Inglaterra, Francia, Grecia e Italia, que luego fue revisado en 1923 con el Tratado de Lausanne (Suiza). Una de las áreas bajo control británico desde 1919 era el territorio conocido como Palestina. La llamada «Declaración Balfour» ordenó a Inglaterra «crear un espacio territorial para la población judía», una minoría, para que conviviese junto con la comunidad de origen árabe, que era mayoría. La fórmula no evitó el enfrentamiento entre judíos y árabe-palestinos, reclamando absoluto control territorial. En 1947, las Naciones Unidas presentaron un plan para la pacífica división de Palestina en dos partes, una árabe y la otra judía, con Jerusalem, lugar de profunda importancia religiosa para ambos grupos, bajo la administración de la O.N.U. La designación originó un conflicto armado entre judíos y árabes y luego de que Inglaterra anunciara su decisión de que el 15 de mayo cesaría su presencia en el área, en esa fecha final los judíos anunciaron su declaración de independencia y reclamaron para si el territorio desocupado por los ingleses.

Esta guerra entre judíos y árabes (1947-49) culmina con el área en conflicto siendo dividida entre el ahora país de Israel (declarado como Estado en 1948 por el voto decisivo de Panamá en las Naciones Unidas), el sector Oeste (West Bank) bajo el control de Jordania, y el «protectorado palestino» de la franja de Gaza, bajo el control de Egipto. Ese mismo año, estalla la guerra, con el ataque de Egipto, Siria, Irak, Jordania, Líbano, Arabia Saudí y Yemen al nuevo Estado de Israel, que defiende su independencia y sobrevivencia.

El triunfo de Israel en la contienda le dio un mayoritario control sobre territorios antes otorgados a la jurisdicción árabe. Jordania mantuvo control en el este de Jerusalem, ribera occidental conocida como el «West Bank» o Cisjordania, mientras que Egipto mantuvo su presencia en la Franja de Gaza (Gaza Strip). A consecuencia de ese conflicto se produce el éxodo de cientos de miles de palestinos, desplazados por la guerra de territorios ahora bajo ocupación israelí.

Por otro lado, cientos de miles de judíos que antes vivían en los sectores árabes se trasladan al nuevo estado de Israel. En 1964, se crea la «Organización para la Liberación de Palestina¨ (O.L.P.), y en 1965 se constituye su representación política, Al Fatah. Las escaramuzas, presiones y tensiones continúan.

En 1967, Israel es atacada nuevamente por una coalición de países árabes bajo la dirección de Egipto, («La Guerra de los Seis Días»), el estado judío emerge triunfante y decide, alegando razones de seguridad, anexar el resto de la Palestina original que incluía la Ribera Occidental, la franja de Gaza, el este de Jerusalem y los Altos del Golam (Siria), antes bajo la jurisdicción de sus atacantes árabes.

Luego de estos acontecimientos, Israel procede a la autorización de la construcción de asentamientos judíos en esos territorios, que antes de las guerras habían sido cedidos a los árabe-palestinos, y asigna solo a israelitas los privilegios y derechos correspondientes a residentes-ciudadanos, negándoselos a los palestinos que aun residían allí durante y después del conflicto armado de 1967.

Luego de estos episodios, las luchas no cesaron. La primera “Intifada”, un levantamiento armado protagonizado mayoritariamente por jóvenes árabe-palestinos residentes en los «territorios ocupados» por Israel, comienza en 1987  y se prolonga hasta 1993, cuando  en Oslo negociaciones producen una paz temporal al concederse a los palestinos un cierto nivel de autoridad decisoria en la ocupada ribera occidental (West Bank), luego que la O.L.P. de Arafat negociara y reconociese el derecho a Israel de existir. Pero esta paz no dura. En el 2000 se produce la segunda “Intifada”, un segundo levantamiento, causado por provocaciones cuya responsabilidad se asigna a sectores extremistas israelitas. Esta situación de agitación es utilizada por Israel para justificar su reincorporación del control del territorio y administración parcial antes cedido a los árabes-palestinos a través del Tratado de Oslo. El cambio poblacional es dramático. Cuando los acuerdos en Oslo fueron negociados y aceptados, Israel tenía a 100.000 colonos registrados en la llamada ribera Occidental (West Bank). Hoy se calculan en casi un millón los israelíes ocupando territorio donde antes residían árabe-palestinos.

No estamos pasando juicios morales, ni responsabilizando a una sola parte por la penosa situación actual. Ambas facciones, a través de los extremistas y fundamentalistas en sus filas, han imposibilitado una solución pacífica a sus diferencias, llevando los argumentos al imposible terreno de lo emocional y lo religioso, donde toda discusión racional sucumbe y las soluciones desaparecen.

Para realmente crear una solución al problema que hoy vuelve a producir consecuencias funestas es necesario el resolver el asunto de Palestina. La creación de un territorio para los palestinos, bajo su propio control y responsabilidad, es esencial.

Esa discusión debe ser exigida y otra vez mediada por las Naciones Unidas, para llegar a una decisión internacional sobre cómo enfrentar a los extremos israelíes y árabes que no desean ver un negociado final del conflicto. Para los extremistas en ambos grupos, el único resultado aceptable es el de imponer su prejuiciado punto de vista. La presente discusión territorial entre Israel y los árabe-palestinos, a pesar de ser un argumento entre pueblos que comparten un origen semita, unidos histórica y religiosamente por miles de años pero con ambos reclamando exclusivamente como suyo un mismo territorio, prescinde el atender antecedentes comunes que debiesen facilitar y no separar sus reclamos y expectativas. Sin una solución al “problema palestino”, que de hecho es también un “problema israelí”, nada cambiará.

Es nuestra esperanza de que la horrible dimensión de la tragedia que ocurre fuerce y obligue a los protagonistas a deponer sus extremismos y a considerar la pacifica resolución de sus diferencias de opinión. La actual masacre de gente inocente en ambos bandos, incluyendo el asesinato de niños y niñas israelíes y árabe-palestinos, exige esa negociación, ¡AHORA!

Rubén Blades
12 de Octubre, 2023


El artículo original fue publicado en rubenblades.com


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