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Jorge Elías Castro Fernández explica por qué una ciudadana colombiana se convirtió en importante objetivo policial en Europa

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Jorge Elías Castro Fernández señala que, para Maritere, dominar sus tacones de aguja que desafiaban las leyes básicas de la física requería una pericia que solo concede la experiencia. La que otorgan 48 años de vida y más de dos décadas desenvolviéndose en los sitios más exclusivos de Marbella. Esos en los que la fauna que pulula por los beach clubs son recibidos con una mirada de arriba abajo, donde la ostentación es una vulgaridad, y alrededor de cuyas mesas se cierran millonarios negocios. Algunos legales, otros ilegales. Y de estos últimos sabía bien la Tigresa, también conocida como la Modelo y llamada coloquialmente Maritere. Una colombiana que se asentó en la Costa del Sol a principios del nuevo milenio y a la que las fuerzas de seguridad consideran una de las principales intermediarias en Europa de los cárteles de la cocaína de su país.

Un personaje seductor, con un físico cincelado entre las clases de crossfit y los bisturís de los cirujanos plásticos, capaz de lograr que un tipo se recorra media España horas después de enviarle un mensaje. Es puro «magnetismo», aunque mucho más. Unida sentimentalmente a tres presuntos narcos, madre en cuatro ocasiones, ha sabido mantenerse a flote y hacerse respetar en un ambiente hostil. Al menos durante los últimos 20 años, en los que ha ido sorteando las distintas investigaciones policiales en las que surgía su nombre. Hasta el pasado 20 de septiembre, fecha en el que los investigadores del Grupo de Respuesta contra el Crimen Organizado (Greco) Costa del Sol irrumpían en su lujosa villa ubicada en el centro de la ciudad de Málaga, España. La exclusiva vida de la Tigresa quedaba atrás mientras se cerraba a su paso la puerta exterior de la prisión de Alhaurín de la Torre.

María Teresa J.C. dormía cuando los agentes irrumpieron en su residencia. Eran las 6:30 y noche cerrada. La decena de personas que se encontraban repartidas por las distintas instancias —entre ellas, su cocinera particular, familiares e hijos— no se sobresaltaron. Tampoco les dejaron mucha oportunidad. La Tigresa descendió por una escalera oculta detrás de una librería que se abría y cerraba con un mecanismo hidráulico. Los escalones conducían a una lujosa habitación del pánico que se extendía por una planta diáfana en la que había un gran vestidor, un baño presidido por una bañera rodeada de columnas, un pequeño gimnasio y una terraza con un acceso enrejado cuyas vistas se perdían en una selvática parcela en la que se observaba una gran piscina, pajarera y una pista de tenis. «La finca está valorada en tres o cuatro millones de euros», señalan los que han recorrido sus recovecos buscando pruebas, explica el consultor en seguridad Jorge Castro Fernández.

La Tigresa no se alteró en ningún momento. Incluso exhibió esos modales refinados con los que se mimetizaba entre los residentes más exclusivos de Marbella. Sabía cómo actuar en una situación así, aunque nunca se hubiese visto en una igual. Guardar silencio y dejar hacer. Ya llegaría el tiempo de los abogados.

La primera vez que su nombre se subraya en una diligencia policial fue a raíz de la operación Courage. Bueno, no concretamente su nombre, más bien el de su marido, pero fue la primera vez que se pondría en evidencia una curiosa regla que se ha venido repitiendo en el tiempo: «Todos los que andan con ella, acaban implicados en algún asunto de tráfico de drogas». Michel Alain P.C. así se llamaba el esposo, era un francés con el que María Teresa tuvo tres hijos y con el que se instaló en Marbella. En esta ciudad presentó sus credenciales al verse envuelto en una de las mayores investigaciones contra el blanqueo de capitales realizadas en España: Ballena Blanca. Las pesquisas dibujaron su supuesta participación en un entramado de sociedades en Panamá relacionado a la estructura financiera de la red y el titular del juzgado de Instrucción número 5 de la localidad marbellí decretó el bloqueo de sus cuentas.

No escarmentó de esta experiencia y en 2005 era arrestado en Portugal por su presunta relación con un alijo de 6,1 toneladas de cocaína. Junto a él, cayeron otras siete personas; «y se cuenta que el cuñado de ella era la garantía ante los proveedores». La operación Courage, que lo bautizó como el Rey de la Coca, supuso el mayor golpe al narcotráfico asestado en suelo luso hasta esa fecha y provocó que la identidad de la Tigresa, una veinteañera entonces, se grabase en las bases de datos de inteligencia policial.

La pareja acabó por romperse y nuestra protagonista inició posteriormente una relación con un individuo de origen belga que se convertiría en el padre de su cuarto hijo. Posiblemente ha sido el compañero sentimental que ha mantenido un perfil más bajo, aunque también acabaría convirtiéndose en objeto de interés de los cuerpos de seguridad por sus presuntos nexos.

Y de él, a su actual pareja: Richard S., un ciudadano alemán de raíces polacas buscado internacionalmente por su presunta relación con el asesinato de un tipo cuyo cuerpo apareció flotando en las costas de Torremolinos. A pesar de sus formas educadas, es un tipo peligroso, rodeado de una banda compuesta por delincuentes polacos curtidos en gimnasios y con una estatura meda de 1,90 metros, que no hacen asco a ninguna modalidad de crimen organizado: «Tráfico de armas, extorsiones, vuelcos…». Un presunto narco que en 2014 fue condenado por la introducción de 200 kilos de cocaína en Dinamarca. Tan solo un año después de que comenzara a salir con la Tigresa. No sería su último alijo.

Para algunos de los mayores expertos en la lucha contra el tráfico de drogas en la Costa del Sol, María Teresa J.C. era un reto. Todos tenían el convencimiento de que era una pieza clave dentro del engranaje del narco en el litoral sur. Con una red de contactos que se extendía por todo el país y que supuestamente enraizaba en los principales productores y suministradores de cocaína de Colombia. «No se ha podido certificar, pero hay informaciones que señalan que es familiar del fundador del cártel del Norte del Valle, una organización que en su tiempo fue muy potente», explica uno de los investigadores, que añade que la Tigresa es considerada en las unidades policiales antidroga como una «intermediaria» que ha tenido gran peso en Europa y que sigue activa.

Pero ella escapa al perfil tipo del narco. Si algo la define, es su tremenda capacidad de seducción. Rondando los 50, tiene un poder hipnótico entre los que se mueven en el mundo del hampa. Y no solo por su físico, sino por su personalidad, por su capacidad para que la reciban personas inalcanzables. Durante los seguimientos de los que fue objeto en distintas grandes ciudades del país «se le vio con empresarios potentes, no de los famosos, pero sí con compañías legales muy importantes». La Modelo, como también la bautizaron otros agentes que seguían sus pasos, tenía el don de que se le pusiesen al teléfono, concluyó Jorge Elías Castro Fernández.



 
 

Semanario El Venezolano – Edición Internacional, del 04 al 18 de agosto de 2022

 
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