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Jorge Elías Castro Fernández recuerda las diferencias de opiniones que siguen existiendo sobre la conquista española de América

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El analista político Jorge Elías Castro Fernández recuerda que un año más, España, o parte de ella, celebra su fiesta del 12 de octubre. Eso significa que, un año más, vuelve la polémica sobre su papel en la conquista y colonización de América. Jorge Castro Fernández señala que Al otro lado del Atlántico, el asunto está quizá más candente que nunca. El presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, insiste en que Felipe VI pida perdón, mientras los monumentos que recuerdan a los exploradores, conquistadores y misioneros españoles se han convertido en blanco recurrente de jóvenes manifestantes o de gobiernos locales, que los apartan del espacio público ante la presión popular. Las estatuas de Colón e Isabel la Católica en Bogotá fueron los últimos ejemplos de una lista que no cesa de crecer.

Según Jorge Elías Castro Fernández, desde el país cafetalero, el escritor Enrique Serrano, director del Archivo General de la Nación de Colombia y autor de obras como ‘La marca de España’ o ‘Colombia, historia de un olvido’, denuncia el revisionismo y reivindica un relato diferente de cuatro siglos de imperio español. Profesor de la Universidad del Rosario y ganador del premio Juan Rulfo, que otorga Radio Francia Internacional, Serrano conversa sobre la crisis de identidad española en las Américas.

PREGUNTA. ¿Por qué sigue siendo tan polémica la herencia española en América Latina?

RESPUESTA. La asimilación de la historia ha sido muy parcial, en cierto modo entrecortada. Por la forma en que se ha narrado a los pueblos latinoamericanos esa historia, todavía no tienen libertad, madurez ni profundidad suficiente como para entender el hecho particular de que somos hispánicos, hispanohablantes y provenientes de una catolicidad que duró siglos. Ese hecho, desigual en Perú, Bolivia, Colombia o en México, no ha tenido la oportunidad de ser valorado suficientemente para que no sea objeto de manipulación política.

Habría que investigar ese uso político de la historia que impide una captación tranquila o serena de datos absolutamente básicos, como que la inmensa mayoría habla español y solo español o que la cultura nacional en la mayor parte de las naciones hispanoamericanas tiene mucho que ver con lo hispánico aunque, por supuesto, haya mestizaje. Aquí es casi un pecado decir que nuestra sociedad se parece más a la Andalucía del siglo XV que a los antiguos imperios aborígenes. Cosas que durante largo tiempo fueron obvias y se daban como el paradigma de una forma de hispanidad, ahora parecen estar en entredicho.

P. ¿Y por qué cree que eso se pone en cuestión ahora?

R. Hay razones derivadas de la forma en que la política, los medios y todas las innovaciones tecnológicas están cayendo encima del ciudadano latinoamericano. Hay una sobrecarga de opiniones que produce una sensación de pasmo, casi de parálisis de una opinión racional. Todo remite a sentimientos, emociones. Se ha vuelto muy primaria la asimilación de la historia.

Y hay una obsesión con la memoria. Varios autores han hablado de esa especie de exceso de convertir todo en memoria y de que la memoria intoxica en alguna forma, porque ya no se refiere a hechos objetivos sino a una victimización progresiva de las sociedades latinoamericanas. Especialmente, por supuesto, de los más pobres, los más vulnerables, que han estado siempre al margen de los beneficios en la mayor parte de nuestras naciones.

Siempre será más fácil abrazar el lado de la víctima y se asigna a otros la culpa de nuestros propios males. Esa victimización es una estrategia política muy eficiente. Se usa en muchos lugares del mundo y se convierte en el tejido perverso con el que se acaba haciendo un nacionalismo de pacotilla que no resiste un examen riguroso. Hoy no es fácil decirlo, pero presentarnos a los latinoamericanos como víctimas es una exageración injusta, no solo con España, sino con lo que hemos sido durante siglos aquí. Algunos historiadores ya habían establecido que la responsabilidad fundamental de nuestros males es nuestra y no de quienes trajeron la religión y la lengua.

P. Pero es cierto que durante mucho tiempo hubo una explotación laboral de los indígenas y eso costó muchas vidas.

R. Quienes los explotaban eran los propios criollos. No hay duda de que los indianos que se establecieron aquí formaron una serie de estrategias de privilegio, pero eso no venía directamente del imperio español. En realidad, salvo en México y Perú, la perspectiva de enriquecimiento efectivo para España solo existió por una serie de ventajas estratégicas que el mundo les dio. El oro y la plata no tenían para los aborígenes el valor que tenían para los europeos como medio de cambio. Entonces, cada quien procede históricamente de acuerdo con las prioridades.

No se puede inferir de eso la victimización absoluta de las sociedades hispánicas, la maldición del pasado y la iconoclastia irracional y absurda que estamos viviendo. Faltan por reivindicar cosas que nacieron en el mundo mestizo y en los mundos híbridos que se fueron creando en América. Y no niego que hubo explotación y abusos, pero eso no debe llevarnos a maldecir todo lo anterior como un camino fallido.

P. Sin embargo, en México, Colombia y otros países, los monumentos que recuerdan la herencia española siguen siendo atacados o retirados. ¿Por qué?

R. Las minorías violentas que tenían ese deseo desde hace años han pasado a la acción. Ahora se sienten dueñas de la situación. Pero son minorías intransigentes. La mayoría, que está acostumbrada a reconocerse en esos símbolos, las mira pasmada. Si pregunta aquí a 100 personas, 80 o 90 le dirán que no hay necesidad de derribar estatuas. Eso es un absurdo.

Hay una desacralización, una laicización un poco violenta, creo yo, de poblaciones que eran religiosas y tenían una forma de vida relativamente conservadora. Como sucedió en la Primavera Árabe, hay una especie de lucha generacional, en la que unos jóvenes precarios, impetuosos e irreflexivos llevan a efecto sus proezas en desmedro de lo que valoraron las generaciones anteriores. Esta lucha generacional, muy amarga en algún sentido, se encuentra muy afincada en las redes sociales, que han creado una ficción de poderío que vuelve un poco fanático y fascista a todo el que defiende su opinión con vehemencia, como si eso bastara para imponerse en el mundo.



 
 

Semanario El Venezolano – Edición Internacional, del 04 al 18 de agosto de 2022

 
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