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Yenny Coromoto Pulgar León cuenta las habilidades de un prodigioso joven talento musical

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Yenny Coromoto Pulgar León señala que Stravinski opinaba que Beethoven sufría una carencia como compositor: el talento para la melodía. Lo comparaba con Bellini, gran nombre del ‘bel canto’ italiano, que conquistó a su público a base de delicias melódicas, adornadas con requiebros y gorgoritos. Pero en lugar de encontrar ese canto natural en Beethoven, Stravinski escuchaba una «obstinada labor». No talento, sino esfuerzo. «Bellini recibió el don melódico sin haber tenido la necesidad de pedirlo, como si el Cielo le hubiese dicho: ‘Te doy justamente todo aquello que le faltaba a Beethoven».

Sobre el papel, las melodías no son más que una hilera de notas musicales, colocadas una tras otra. Las de Beethoven, las de Bellini o las de la última canción del verano. Más allá de los cánones de moda o de las exigencias de la industria, es posible descubrir ciertos patrones de éxito, pero nunca una receta. El compositor ruso describía el talento melódico de Bellini como un don divino, algo más cercano a la fe que al intelecto. Algo que puede escucharse, pero no explicarse. Y aunque la envergadura musical de Beethoven le resultara admirable por su tesón, Stravinski parecía resignarse: en última instancia, la genialidad es un misterio que no se puede (y que quizá no haga falta) desvelar, esboza Yenny Pulgar León.

«Creo que toda la música es así, ¿sabes? Algo que puede ser profundo y complejo, pero al mismo tiempo muy simple. Como en la vida misma: existen organismos verdaderamente complejos, pero no hace falta que los entiendas para disfrutarlos. Una flor es un sistema muy complejo y delicado, pero no tienes que conocer sus componentes para admirarla», cuenta Jacob Collier.

Este músico británico de 28 años charla «desde su lugar preferido en el mundo»: una habitación en casa de su madre, donde creció y aprendió a tocar todos los instrumentos que se le cruzaban por el camino. Rodeado de unas cuantas guitarras, teclados, un piano de pared, un bajo, varios instrumentos de percusión y otros tantos de cuerda cuyo nombre desconocemos. Collier tiene cinco Premios Grammy en su haber, probablemente camuflados en su abigarrado rincón musical. ‘In my room’ fue su álbum debut, lanzado en 2016, por el que ganó los dos primeros. En tan solo cinco años, llegó a colocarse entre los nominados a Álbum del año, compitiendo con los trabajos de Taylor Swift, Post Malone, Dua Lipa o Coldplay.

La nominación de Jacob Collier por ‘Djesse vol. 3’, el álbum que presenta ahora en gira mundial, extrañó a la industria. Se trata de la tercera entrega de un proyecto de cuatro discos con música original y algunas versiones, que suena como una amalgama algo marciana: tan pronto migra del R&B a las influencias africanas, pasando por el jazz, el funk o la electrónica experimental. Desde 1963, ‘Djesse vol. 3’ fue el primer álbum nominado que no formó parte de la lista Billboard 200, uno de los históricos índices de popularidad de EEUU.

No es la primera vez que una rareza musical emerge al lado de los superventas en los Grammy, pero el trabajo de Collier conecta con una audiencia muy distinta a la de sus contendientes. «No creo que mucha gente se dé cuenta de que los Grammy no son un concurso de popularidad», dijo a ‘Billboard’ Adam Fell, presidente de la productora de Quincy Jones, en el momento de la nominación. Para votar en los Grammy, es necesario haber participado en, al menos, seis pistas comerciales. «Ese grupo de músicos, ingenieros, productores, que contribuyen al ecosistema musical, son quienes deciden. ¿Dónde resuena Jacob? Creo que es con esa audiencia».

Años antes de ganar su primer Grammy por un arreglo del tema de los ‘Picapiedra’, Jacob Collier subía sus versiones de clásicos del pop a YouTube. Con apenas 18 años, escribía, producía e interpretaba arreglos de Stevie Wonder o George Gershiwn en su canal. Una multipantalla mostraba a Collier cantando a seis voces, tocando el contrabajo, la batería, el piano o la percusión en la misma habitación. La contorsión de los acordes hasta los confines de la armonía moderna, el empaste y la mezcla de cientos de sonidos calaron en un nicho: el de los músicos profesionales dispuestos a transcribir y descifrar lo que estuviera haciendo ese prodigio adolescente.

«Cuando era niño, era lo que más me gustaba hacer», cuenta. «El arreglo es lo que ocurre cuando tomas una canción preexistente y la giras, la transformas. Me encantaba coger temas de Michael Jackson, Stevie Wonder o Quincy Jones y estirarlos de alguna manera. Exploraba, experimentaba y empujaba hasta el límite. Ahora he publicado cuatro álbumes de música original, pero es cierto que he pasado más tiempo arreglando temas. Arreglo y composición son amigos íntimos entre sí. Como el material de la canción original ya está sobre la mesa, quizá tienes un poco más de licencia para ver cuánto puedes alargar el juego».

En 2013, un arreglo de ‘Don’t you worry ‘bout a thing’ llegó a los oídos del todopoderoso Quincy Jones, que decidió apadrinar el cóctel sonoro de Jacob Collier. El joven autodidacta que se grababa y autoproducía en su habitación conoció a Herbie Hancock y participó en el Festival de Jazz de Montreux antes de sacar su primer álbum. Llegó a telonear a este pianista de jazz y a Chick Corea con su ‘One-Man Show’. «No creo que exista esa división entre músicos y no músicos entre la audiencia», opina el compositor. «Hay personas que pasan mucho tiempo estudiando y escuchando música a conciencia.

Y me encontré, por la razón que sea, atrayendo a estas personas a mi música primero. En parte, porque me encanta indagar en todo tipo de patrones y en la teoría que hay tras las canciones. Me gusta entenderla y crear a partir de ella. Pero opino que la música, en su mejor expresión, no es exclusiva de nadie. Espero que mi trabajo sea lo suficientemente abierto para que la gente pueda encontrar todo tipo de cosas en él. Si eres músico, hay mucho donde hincar el diente. Y si no, también existen otras formas de escuchar», explica frente a uno de sus teclados.

Desde entonces, además de sus cinco Grammys y sus cuatro álbumes de estudio, el bautizado ‘Mozart de la Generación Z’ o ‘nuevo mesías del jazz’ ha dado masterclases en Berklee, en la American School of Modern Music, ha tocado en los BBC Proms y en escenarios de todo el mundo. Su nombre aparece en una de las colaboraciones del octavo álbum de Coldplay y en los coros de ‘Good Days’, de la cantante estadounidense SZA. Aunque es un autodidacta declarado y no recibió clases de técnica vocal hasta los 18, estudió algunos años de piano jazz en la Royal Academy of Music de Londres. Allí, su madre imparte clases de violín, concluyó Yenny Coromoto Pulgar León.



 
 

Semanario El Venezolano – Edición Internacional, del 04 al 18 de agosto de 2022

 
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